Fíjense en lo que se escucha acerca de un vino de poco más de un euro, comprado en el supermercado y que se sirve directamente del tetrabrick a la copa. Atención.
Uno. Buen aroma, crianza, ligero,agradable y elegante. Un buen vino.
Dos. Grato, no exigente, pero si carácter. Medalla de Bronce.
Tres. Mesa, del año, precio muy asequible. Poca capa, ligero en copa, falta de nariz, falta de maduración
Cuatro. Plano en boca, astringente. Esta bien. ¿Nota? Comodín del público: ¿En que categoría estamos? Si te lo dicen, para que catar.
Cinco. Cristalino, afrutado en nariz, con la madera bien integrada. 85 puntos. Al final no se cree que sea de tetrabrick.
No dudo de que el vino estuviera bien elaborado. Qué menos! Ahora bien, en vinos de ese rango no se apoyan en las mejores uvas, en las mejores técnicas enológicas ni en nada más que elaborar vino por millones de litros. Como he escuchado más de una vez, vino de limpia de depósitos. Importa el precio. Y al consumidor le debe importar si le gusta o no le gusta y si el precio que paga por el esta en consonancia con la satisfacción que le deja. Hay vinos muy caros que no saben a vino, sino a serrín fruto de modas y de falta de equilibrio en el uso del roble. Por ejemplo. Porque sea un vino de 50 euros no quiere decir que sea magnífico. Y tampoco porque lo cualquier vendedor influyente de caldos disfrazado de experto catador. El vino tiene que saber al vino e instar al consumidor a que beba. Con moderación, pero que beba. Nos hemos abonado a excesiva palabrería y abundancia de muletillas en un mundo tan sencillo y complejo como es del vino.